Cuando mi difunto padre apareció en el hogar con cara de orgulloso propietario del, hasta entonces, único LP de Virginia López; cuando procedió, como quien oficia una misa, a destapar su enorme tocadiscos marca telefunken (que era un melódico altar donde sólo él podía oficiar) y puso su disco recién adquirido y el aire se pobló con el aire de “cariñito azucarado”; cuando todo esto sucedía, la palabra “diabetes” era para mí un concepto conocido, temible y distante. Ya se sabe: todo lo feo, todo lo ingrato, todo lo mortal le ocurre a los demás. A los veinte años uno es inmortal y, aunque mi madre me contaba que mi abuela murió de diabetes y que ella y varios de mis tíos también la padecían, en mi profundo corazón yo jugaba a que el asunto no me concernía. Pasaron algunos años y mi padre también comenzó a padecer la propia y edulcorada enfermedad. Yo seguía tan campante ingiriendo una Coca-Cola tras otra y comiendo chocolates como una especie de sublimación erótica. Por aquellos años, mi hermana empezó a estudiar medicina de una manera obsesiva. Fue ella la que por primera vez depositó en mis oídos las dos palabras fatales: carga genética (nunca entenderé el malsano placer de los médicos de usar palabras ininteligibles, urge hacer un doble estudio que nos explique por qué escriben con esa letra espantosa para que nadie les entienda) según procedió a explicarme, esto de la carga genética quería decir que ella y yo éramos dos islas de precaria salud rodeadas de diabetes por todas partes. Sería recomendable y casi indispensable que yo me sometiera a una prueba que se llama “curva de tolerancia a la glucosa”. Yo te la hago, gordito (esto de “gordito” era un apelativo cariñoso, o una vil calumnia: En aquellos tiempos era yo cintura 28) Y ahí les va su buey al Hospital de Nutrición. La famosa curva de tolerancia es como ópera de Wagner: larguísima, pero aburrida; quizá duró seis horas o seis siglos. Cuando terminó salió mi hermana con cara de doctora y me dio el siguiente diagnóstico: eres limítrofe, puede ser que te dé diabetes, puede que no; eso depende de ti. Dicho esto guardó silencio y yo me quedé hecho un idiota con la vaga noción de que, en la lotería de la vida, mi páncreas podría o no comportarse con decencia. Lo hizo. El que no fue tan decente en su vida sedentaria y su desenfadado apetito de postres y fritangas fui yo. A los 42 años se me declaró la diabetes (como novio de pueblo) y entraron en acción mi hermana y mi bienamado doctor Pedro Serrano. Ambos me enseñaron que la diabetes es una enfermedad que si la cuidas (dieta especial, ejercicio y serenidad espiritual), te cuidas de muchas otras enfermedades. La diabetes se queda contigo, pero de ti depende que sea tu amiga o tu enemiga. Yo suelo llevarme bien con ella. De vez en cuando me pasa una factura que me apresuro a saldar; mi glucómetro me ayuda a tener diariamente noticias de ella y tengo una bicicleta fija que mucho me ayuda a tenerla tranquila. Vivir es una negociación constante: yo me privo de esto, pero me permito aquello; por dar un caso, tengo comprobado que hacer el amor (bien hecho) tiene más virtudes hipoglucemiantes que su contrario, los nopalitos (no palitos).
Cariñito azucarado: no puedo decir que ser diabético es una bendición de Dios; pero tampoco es una maldición. Es una forma de vida que constantemente nos recuerda que lo importante no es cuánto vamos a vivir, sino cómo vamos a vivir. Digo yo.