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Germán Dehesa asistió el 31 agosto al Club de Industriales a recibir un reconocimiento por su trayectoria y ofrecer el recital "Para leerte mejor Jaime Sabines".
Germán, tú tenías toda clase de amigos, famosos y no famosos, que te querían mucho. Recuerdo aquella tarde muy nublada y amenazante de lluvia en la que asistirías a la presentación de una película a la que habían sido invitados periodistas, escritores, políticos, etcétera.
Tú asistirías acompañado de la señora Elena Poniatowska y de don Julio Scherer. "Pancho, tienes que pasar por Elenita a su casa, y después, por Julio y por mí", me dijiste.
Como primer paso, me dirigí a casa de doña Elena. Anuncié mi llegada y la esperé cerca de 30 minutos. Cuando por fin estábamos a punto de partir, me pregunta la Poniatowska:
–¿A qué programa vamos a ir?
–No, señora, no vamos a ir a ningún programa.
–¿Entonces a dónde vamos a ir?
–¡Vamos a ir al cine!
–¿Al cine? –respondió– ¡Entonces me quedo!
Se bajó del Jaguar y se metió a su casa. "Ni hablar", pensé. Y en ese momento decidí tomar camino rumbo a mi segundo destino, que era Don Julio Scherer. De repente, escuché un grito: "¡señor!, ¡señor!, dice la señora Poniatowska que la espere, que sí va con usted", me dijo su asistente. Esperé alrededor de 15 minutos más. Cuando por fin estaba lista, al subir al coche, cuestionó nuevamente: "¿Qué película vamos a ver?".
Yo casi entro en crisis, pensando y deseando que esta vez sí se decidiera y nos acompañara. "Vamos", responde finalmente doña Elena. Yo miro al cielo y le doy gracias a Dios. ¡Por fin nos vamos!
Llegando al primer semáforo, me anuncia: "Regréseme a mi casa, mejor no voy."
Yo ya había perdido cerca de una hora y me faltaba pasar a buscar al señor Scherer. Don Julio fue amigo tuyo, muy querido y cercano. Camino a casa de Don Julio, meditando me pregunto si llegaremos a tiempo, al inicio de la función. Al llegar, veo al famoso periodista que ya me esperaba impaciente en la puerta de su domicilio. Al verme, me cuestiona.
–¿Por qué tan tarde, Pancho?
–Perdón, pero doña Elena no se decidía y al final decidió no acompañarlos –le contesté muy enojado, ya que por culpa de la indecisión de la Poniatowska, iba muy retrasado.
–Ni modo, vámonos por el señor Germán o no llegaremos a tiempo –dijo don Julio.
Íbamos rumbo al Pedregal, y el señor Scherer notó mi molestia: "Pancho, ¡relájese! No le tome importancia al incidente con Elenita. ¿No ve que así son todas las mujeres? Cálmese y vámonos por mi amigo, quien ya debe de estar verde del coraje porque no llegamos", me dijo en tono tranquilizador.
Al llegar a tu casa, Germán, en la calle de Agua, en el Pedregal, ya vivías momentos de angustia y desesperación. Además ya estaba cayendo una tormenta, ¡pero señora tormenta! Yo me bajé del auto para abrirte la puerta, pero al mismo tiempo Don Julio, decide bajar para saludarte y ayudarte a subir al coche.
–Hola, Germán. ¿Cómo estás? Súbete pronto o te vas a mojar.
–Bien Julio. Gracias, pero permíteme –dices abriéndole la puerta para que se suba.
–No, Germán. Corre, trépate ya.
–¡Que te subas, Julio, que se hace tarde!
–Por eso, Germán, métete tú primero, que yo cierro la puerta –apunta Julio Scherer.
Yo nada más los miraba, porque no me permitían ayudarlos. Finalmente, se subieron los dos al Jaguar. Terminaron empapados bajo la tormenta, que estaba azotando el sur de la ciudad, y todo por el abuso de caballerosidad por parte de ambos. Cada uno de los dos quería ayudarse y de una manera tan graciosa, que lo único que lograron fue una buena mojada y que llegáramos tarde al cine.
(...)
Disfruté tanto de tu última presentación en el Club de Industriales. Tantas emociones. Esa ovación que te brindó el público de pie de verdad te la merecías, Germán. Inolvidable tu interpretación del poema "Me encanta Dios", que era tuyo, porque te lo regaló Jaime Sabines, y esa noche nos lo hiciste sentir así: que Dios bendiga a Dios. Que Dios te bendiga a ti. Ése era mi deseo.
Y, a la salida de esa última función, recuerdo a aquella señorita que encontramos en el elevador y te decía: "Señor, hace una semana me preguntaron por qué me sentía orgullosa de ser mexicana, y no lo supe explicar. Ahora, al escucharlo a usted leyendo los poemas de Sabines y conocerlo personalmente, ya puedo decir por qué me siento orgullosa de ser mexicana".
Aquella noche todos los asistentes quedamos realmente conmovidos con tu participación en el espectáculo. Ya estabas muy cansado y enfermo, y sin embargo, nos regalaste tu tiempo y tus últimos soplos de vida.
Y, sin tú saberlo, ésa fue la última vez que recorriste las calles de tu querida Ciudad de México. Ya de regreso del Club de Industriales y rumbo a tu casa, dijiste satisfecho: "Siento que no estoy aquí, pero, una vez más, cumplí".
(...)
Son tantos años trabajando juntos que aún puedo escuchar a Roberto Carlos cuando escribías tus artículos y libretos hace 25 años. Parece que lo puedo vivir ahora con solo recordar: la máquina de escribir con el papel revolución, y Rocío y yo sentados a un lado. Recuerdo con mucho aprecio y respeto al hombre que me enseñó a trabajar a gran velocidad y responsabilidad, pero siempre al límite de tiempo: entregábamos el material dos minutos antes del inicio de la grabación del programa que en ese entonces escribías: "Con N de Nacho", que se transmitía en Canal 13, aparte de la columna que redactabas para el periódico "Novedades"
"A que todo se puede, Pancho. A que sí da tiempo", decías, y de verdad siempre nos dio tiempo. Compartimos tantos momentos buenos, malos, alegres, tristes, muy tristes, siempre a tu lado y, por supuesto, no puedo olvidar aquella tarde de junio cuando me contaste de tu terrible enfermedad. No hubo lágrimas.
"Prométeme, Pancho, que, si nadie lo hace, tú llevarás mis cenizas a Tlacotalpan".








